
Tres veces ya van, no entiendo, Carlos caminó un poco más rápido esta mañana, quería llegar bien temprano junto al pan, para que Maria se deleitara mientras lo saboreaba, tan sutilmente como siempre. El desierto nublado lo perturbo un poco, sus manos que rozaban el aire estaban pálidas, pero algo en su interior decía que esta ves era cierto, que no se volvería a equivocar como esas dos veces ya pasadas, si algo había aprendido era a hablar, estaba tan seguro ya que el invierno no marchitaría sus planes, que María caminaría con él, correría si fuese necesario, y haría lo imposible para sellar de una buena vez las cicatrices que tanto lo condenaban.
Tal vez está vez si la podría tocar, la podría besar, y quedarse junto a ella para siempre, sin temor, sin dolor, sin perezas que lo hicieran retroceder, ¿pero cómo adivinar? ¿Cómo suponer? Los intervalos eran cada vez más pequeños, cada vez más absurdos, ni Carmín, ni Paz, le habían entregado tanta seguridad, tanto apogeo a su confianza, nada más que burocracias para sus oídos sordos.
Sonó el despertador, sus ojos agotados trataban de abrirse paso ante la brumosa mañana que su nariz podía ya percibir, era catorce, y sabia todo lo que significaba ese día hace tres años atrás, hace tres decepciones ya.
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